Falso consenso semántico

Todos estaban de acuerdo en el número. Ese era el problema.

Hace unos quince años, en una empresa bananera de Costa Rica, estaba yo en una reunión formal de revisión con el Gerente General y el CFO. En esa empresa el Gerente General carga también la gerencia de Producción, así que en la mesa había dos miradas sobre el mismo reporte: él veía producción, el CFO veía plata.

Fue el Gerente General el que lo dijo, casi de paso: esa finca él ya la tenía mal vista. La tenía en la mira para el año entrante.

La finca venía produciendo bien. Buen rendimiento, operación sana, el tipo de finca de la que uno quiere tener más. Pero en el reporte consolidado aparecía en rojo. Déficit. Candidata a la lista de recorte, y ya con el ojo del Gerente General encima.

El número no estaba mal calculado. Estaba mal definido.

Y acá viene la parte que debería incomodarte: nadie se había dado cuenta. Finanzas, Operaciones, Investigación, Legal. Todos habían visto ese reporte y lo habían aprobado. Ni una persona objetó. Todos estaban mirando la misma palabra, “finca”, y todos estaban seguros de que hablaban de lo mismo.

El reporte llevaba la firma de todos. También estaba mal. Esos dos hechos convivieron tranquilos durante meses.

Una palabra, cuatro significados

Cuando jalamos el hilo, “finca” resultó significar cuatro cosas distintas, y cada una era legítima.

Área “Finca” significa Base
Finanzas Un grupo de centros de costo que tiene sentido contable Contabilidad
Operaciones / Gerencia La unidad que tiene un Gerente de Finca Gobierno
Investigación Lo que cae dentro de un área geográfica Geografía
Legal Lo que digan las escrituras Legal

Ninguna está mal. Cada área había construido su definición alrededor de una necesidad real, y cada una funcionaba perfecto dentro de su propio mundo.

El problema es que a veces los mundos no calzan. Fincas contables pequeñas pueden estar bajo un solo gerente, así que Finanzas ve dos unidades donde Operaciones ve una. Una sola mega-finca puede tener dos gerentes y caber dentro de una zona geográfica, así que Operaciones ve dos unidades donde Investigación ve una. Las fronteras se cruzan. Nunca estuvieron pensadas para coincidir.

Y acá está la trampa: casi siempre sí calzan. De las quince fincas de ese reporte, en doce o trece las cuatro definiciones apuntaban exactamente a la misma cosa. Solo en dos o tres se separaban. Esa es la razón por la que nadie objetó: una definición que coincide el noventa por ciento de las veces no se siente como una definición ambigua. Se siente como un hecho.

¿Entonces por qué la finca buena se veía mal? Hay que meterse en el detalle del negocio, porque ahí es donde vive.

En banano se habla de banano producido y banano empacado. Casi siempre son la misma cosa: la finca cosecha su fruta y la empaca ella misma. Pero de vez en cuando una finca empaca el banano de otra. Cuando eso pasa, los costos de producción se quedan en la finca productora y los de empaque en la empacadora. Y encima hay costos que no son de ninguna de las dos y hay que repartir proporcionalmente: administración, o equipo especializado como los aviones de fumigación.

Ahí es donde importa bajo cuál definición de “finca” cae cada costo. En este reporte, parte de los gastos se cargaba bajo una definición y la producción se acreditaba bajo otra. Los costos caían sobre una unidad; la fruta caía sobre la vecina. En el papel, una operación productiva parecía estar quemando plata y produciendo nada. Unos $150 mil en rojo. No es una cifra enorme para una operación de ese tamaño, pero alcanza de sobra para que una finca entre en la lista de las perdedoras.

Si nadie hubiera jalado el hilo, esa finca se cerraba. Cientos de miles de dólares en una decisión tomada sobre costos ajenos. Y ahí está la parte fea: una vez cerrada, el problema se vuelve invisible. Los costos que la hundían se habrían redistribuido sobre las fincas vecinas, y el reporte del año siguiente habría señalado a la próxima. Cerrar la finca habría borrado la evidencia de por qué se cerró.

Nadie cometió un error. Esa es la parte incómoda. Cada área tenía razón sobre su propia definición. El reporte mezcló los universos, y nadie lo cachó, porque todos veían la palabra “finca” y le rellenaban su propio significado. El acuerdo era real. Solo que no era acuerdo sobre nada.

Así se ve el consenso aparente. Todos asienten. Nadie está hablando de lo mismo.

La versión más peligrosa: ninguna definición

A la finca le sobraban definiciones. Al siguiente caso no le quedaba ninguna.

Hace unos cinco años, también en Costa Rica, un distribuidor mayorista de químicos y empaques venía trabajando con un consultor nuestro en un proyecto de BI tradicional: un cubo tabular de análisis de ventas. Llevaba muchos meses. Casi todos los cálculos estaban cerrados y aceptados. Todos menos uno, y era el que se usa de denominador en media docena de promedios: el conteo de clientes. Ese nunca se pudo cerrar, porque adentro nunca se pusieron de acuerdo en qué era un cliente.

Suena a seminario de filosofía. No lo es: era el denominador.

Yo había dado sesiones sobre RFM en Colombia y en Costa Rica, y a ellos les picó la técnica. Acordamos una prueba de concepto sobre el modelo que ya tenían. Recency, Frequency, Monetary value: recencia, frecuencia, valor monetario. Calificás a cada cliente en cada eje, partís la base en quintiles y obtenés segmentos limpios: tus mejores clientes, los que se están enfriando, los que valen una campaña.

Antes de calcular un solo segmento hice un box plot de las tres variables. Cajas y bigotes, nada más, para ver cómo se distribuían.

En frecuencia, el promedio andaba en 7.6 compras al año, y colgando por debajo había cientos de clientes con una o dos compras en toda su vida. En monto, la compra promedio se medía en decenas de miles de dólares, y ahí abajo estaban otra vez los mismos cientos, con compras de decenas o de cientos.

Un box plot te muestra la forma, no te dice quiénes son. Para eso me puse el sombrero del Gerente de Ventas y me hice la pregunta que él se hace: ¿quiénes son mis clientes? Después bajé la lista de nombres y la leí.

Eran los socios de la empresa. Y amigos de los socios. Una importadora que distribuye al mayoreo y que de vez en cuando, por cortesía, le vende al detalle a alguien cercano.

Los números finales dan la dimensión. De poco más de 1.800 registros en la base, apenas unos 200 calificaban como clientes activos. De los 1.600 restantes, más del 40% salió por la regla que terminamos escribiendo: no eran clientes dormidos, nunca habían sido clientes. El resto sí eran clientes de verdad, solo que sin compras en el último año.

Metés eso en el cálculo de quintiles y los rangos se colapsan. Tu “20% de arriba” se diluye con ruido, los cortes se corren, y los segmentos dejan de significar nada. Y ojo con el diagnóstico fácil: el RFM no falló por un problema de datos. Cada una de esas ventas ocurrió de verdad y está bien registrada. Falló porque la base no estaba hecha de clientes.

El mismo hueco explicaba el cálculo que nunca cerró en el cubo. Llevaban meses discutiendo una fórmula cuando lo que faltaba era una definición.

¿Entonces quién trazó la línea? Yo. El de afuera, el que había llegado con una técnica prestada y tres semanas de proyecto. Propuse una definición de trabajo (con compras en el último año y más de $1,000 de gasto anual cuenta como cliente activo; todo lo demás queda fuera del RFM) y el proyecto volvió a moverse.

El umbral quedó bajo a propósito: había unos cuantos compradores legítimos que solo aparecen cuando les hace falta mercadería, y no los quería perder. Hoy acepto que pudo haber subido. La tracé mirando los nombres y buscando lo que me quitara el grueso del ruido, no lo que fuera correcto. Y esa es la parte que importa: no es la definición correcta, es una suficientemente buena. Nadie pidió más que eso, y nadie la había escrito en meses.

Sería fácil vestir eso de decisión firme. No lo fue, y el detalle del tiempo lo delata: si el que lleva tres semanas puede trazar la línea, el problema nunca fue que la línea fuera difícil. Un consultor externo llenando un vacío de definición que lleva meses abierto es un síntoma, no un rescate. La organización estaba tan acostumbrada a sus propias inconsistencias que el hueco se sentía normal. Cada equipo corría su propio conteo de clientes, sacaba su propio número, y nadie veía un problema que ameritara tanta fricción. Nunca fue un problema de datos. Era inmadurez de gobierno disfrazada de datos.

El vacío no es neutral

Acá está por qué la definición vacía importa más que la abarrotada.

Cuando nadie ha firmado qué es un cliente, los mismos datos sostienen conclusiones opuestas. A cuál llegás depende de qué querés que sea verdad.

¿Querés que los “clientes nuevos” se vean altos este trimestre? No le pongas ninguna restricción a la definición. Dejá que cuente al amigo del socio que compró una vez. El número sube.

¿Querés que el “ticket promedio” se vea alto en cambio? Aplicá una definición estricta. Sacá a los compradores pequeños. El promedio salta.

Misma base de datos. Mismo trimestre. Historias opuestas. Y nadie mintió. Cada número es técnicamente defendible, porque no hay una definición acordada que violar. La ambigüedad no es un bug que se te olvidó arreglar. Es una coartada. Le permite a la organización contar la historia que más le convenga y quedarse técnicamente honesta todo el rato.

Si eso suena a problema de modelado, fijate dónde lo archivó ya la disciplina.

Lo tenía archivado en la gaveta equivocada

Acá tengo que confesar algo. Si me hubieras preguntado en el momento —en la reunión con el Gerente General, o frente al box plot del distribuidor— te habría dicho que esto es un problema técnico. Un problema de modelado, a lo sumo de calidad de datos. Lo habría archivado en esa gaveta sin dudarlo, y me habría puesto a resolverlo con las herramientas de esa gaveta.

Lo entendí distinto este año, estudiando a fondo para la certificación CDMP. El DMBOK cataloga esto bajo Data Handling Ethics, en una sección llamada Unclear Definitions or Invalid Comparisons. No calidad de datos. No modelado. Ética.

“The ethical thing to do, in presenting information, is to provide context that informs its meaning, such as a clear, unambiguous definition of the population being measured and what it means to be “on welfare.” When required context is left out, the surface of the presentation may imply meaning that the data does not support. Whether this effect is gained through the intent to deceive or through simply clumsiness, it is an unethical use of data.”

Leé esa última línea dos veces. Intención de engañar o simple torpeza: el DMBOK los pone del mismo lado del libro contable ético. No te dan un pase por no haberlo querido. El ejemplo que usa para hacer el punto es una cifra del censo: 108.6 millones de personas “on welfare” puestas junto a 101.7 millones con empleo de tiempo completo. La comparación parece lapidaria hasta que notás que los dos números cuentan poblaciones distintas: uno cuenta a cualquiera en un hogar que recibió un beneficio, el otro cuenta individuos. Dos definiciones, vestidas de una sola comparación. Inválida, y convincente.

Esa es la finca. Ese es el conteo de clientes. El mecanismo es idéntico: un número que parece un hecho pero descansa sobre una definición sin declarar.

Y ahí está lo que me costó ver. Mientras el problema vivía en la gaveta técnica, lo que estaba en juego era la exactitud del reporte, y con eso alcanza para pedir un ticket. Movido a la gaveta ética, lo que está en juego es si la organización tiene derecho a presentar ese número como un hecho. No es la misma conversación, ni se tiene con la misma gente.

Hay una cara opuesta que vale nombrar, porque rescata la definición de trabajo que tracé para el distribuidor. La misma sección del DMBOK sobre sesgo dice que excluir a los “clientes pobres”, los que no vas a perseguir más, es análisis legítimo, siempre que el analista documente los criterios usados para definir la población. Excluir a los amigos de los socios no era el pecado. Excluirlos en silencio sí lo habría sido. La línea que tracé fue defendible en el momento en que la escribí y le puse fecha. El instinto y la disciplina caen en el mismo lugar: el problema nunca fue la exclusión. Fue el silencio.

Una aclaración incómoda antes de la cura

Tengo que admitir algo sobre lo que sigue. “Glosario de negocio” no es un término que grite invertí acá tu tiempo y tu plata. No hay caso de ROI que se defienda solo frente a un comité de presupuesto. Nadie sale entusiasmado de la reunión donde se aprobó el glosario. Yo he visto la cara del sponsor cuando esa línea aparece en el presupuesto, y la entiendo.

Y aun así. Sin esas definiciones, los términos del negocio dejan de funcionar como mecanismo de comunicación. “Finca”, “cliente”, “margen” quedan como ruido con forma de palabra: cada quien oye el suyo y la reunión termina con todos de acuerdo.

Hay una vuelta de tuerca que hace esto más urgente que hace quince años. Quien no invirtió en esta capa va a ver el impacto de estos malentendidos acelerado, no reducido, por los LLM. Le vas a preguntar al modelo cuántos clientes tenés y te va a dar un número, con confianza y en buen español. El problema no es que el LLM no entienda. Es que el negocio nunca definió qué es un cliente, ni para los humanos ni para la máquina. El modelo no inventa el consenso que la organización nunca construyó. Lo hereda, y lo repite más rápido.

La cura: nombralo y declaralo

Los dos casos se arreglan con el mismo movimiento. Sacás la ambigüedad del silencio. Solo que toma dos formas distintas según el problema que tengas.

Cuando hay demasiadas definiciones legítimas (la finca) las nombrás todas en voz alta y modelás la jerarquía que las reconcilia. Partimos el término en Finca Financiera y Finca Operativa, y después construimos una estructura en el modelo semántico que relaciona el costo contable con la producción operativa, para que los gastos y la producción por fin caigan sobre la misma unidad. Pero el modelo solo codifica esa decisión; no la toma. Alguien todavía tuvo que declarar, a la vista de todos, que “finca” eran dos conceptos y no uno. Eso es ingeniería semántica, no una nota al pie aclarando a cuál “finca” te referías. Si el significado varía, el nombre tiene que variar con él, y alguien tiene que decirlo en voz alta.

Cuando no hay ninguna definición (el cliente) escribís una definición de trabajo: explícita, fechada, firmable. Fijate en la palabra trabajo. No es un fallo permanente tallado en el warehouse. El negocio puede revisarla el siguiente trimestre cuando aprenda algo nuevo. Lo que la hace gobierno no es la regla en sí: dos compras, mil dólares, esos números se pueden mover. Lo que la hace gobierno es que alguien la declaró, por escrito, con una fecha, y le puso su nombre. El acto de declarar es todo el punto. Si una definición declarada es después lo bastante afilada como para decidir, fila por fila, quién la pasa de verdad, eso es un problema más fino, y otro distinto.

Un concepto, un nombre.

La lección

Si te quedás con una sola cosa, que sea esta: el falso consenso semántico no es un desacuerdo esperando a que lo resuelvan. Es la ausencia de uno confundida con acuerdo. Todos miran el mismo número y se sienten alineados, y el acuerdo es real. Solo que es acuerdo sobre los dígitos, nunca sobre lo que significan.

La finca me enseñó la versión abarrotada: cuatro respuestas correctas que no componen entre sí. El distribuidor me enseñó la versión vacía: ninguna respuesta, y un silencio de meses con el que todos habían aprendido a vivir. Formas distintas, misma raíz. El pecado nunca fue la ambigüedad. La ambigüedad es normal; todo término que importa en un negocio carga algo de ella. El pecado es dejarla sin declarar y llamarle número al resultado.

Un modelo que nombra sus ambigüedades las resuelve. Uno que las esconde las amplifica. La ilusión más cara en cualquier sistema de reportes es un cuarto lleno de gente mirando la misma cifra, segura de que está de acuerdo, cuando lo único en que estuvieron de acuerdo fue en la cifra misma.

Tu próximo comité: agarrá el indicador que más se mira en tu empresa, el que va en la primera lámina. Preguntale por separado a tres áreas qué cuenta y qué no cuenta adentro de ese número. Por separado, no en la misma reunión: en la misma reunión se ponen de acuerdo, y ese es justamente el problema.

Si las tres respuestas te salen idénticas, contámelo. Quiero saber cómo lo lograron.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *